Existe una metáfora poderosa que habla de la dinámica interior del ser humano:
El caballo representa nuestras emociones. El cochero, nuestra mente. El carruaje, nuestro cuerpo físico. El pasajero… la esencia más profunda de lo que somos.
Cuatro elementos. Un solo destino. Y una pregunta que pocos se atreven a hacerse: ¿quién lleva las riendas?
Qué fácil es culpar a la mala suerte. Qué cómodo refugiarse en el “pobre de mí”, en el peso de lo que nos tocó vivir, en la injusticia de lo que nos hicieron. Pero al hacerlo, sin darnos cuenta, entregamos a manos ajenas el regalo más preciado que tenemos: nuestra propia vida.
¿En qué manos dejamos la posibilidad de sentir la brisa del viento en el rostro? ¿El calor del sol, el abrazo de la lluvia, el frio que nos recuerda que estamos vivos?
A veces nos consumimos en el laberinto del perdón. Sufrimos por no poder perdonar a quien nos hirió, o cargamos con la arrogancia silenciosa de haber perdonado a alguien que, según nuestra mirada, no lo merecía. Y así, pasamos años enteros doloridos por un solo evento, sin ver los momentos hermosos que nos rodean, sin habitar el presente, arrastrando una historia que ya terminó pero que seguimos eligiendo revivir.
Esa historia del pasado nos tiñe los ojos. Nos hace ver la vida como un lugar triste y amenazante. Nos permite, de vez en cuando, asomarnos a la felicidad… pero solo por instantes. Porque justo cuando ríes a carcajadas, cuando sientes que todo está bien, aparece esa voz silenciosa que susurra:
“Recuerda que no todo está bien.”
Y entonces llega el miedo.
El miedo a ser feliz. El miedo a vivir el presente con plenitud. El miedo a soltar el pasado, como si olvidarlo fuera una traición a tu propio dolor. Una voz que te acusa constantemente, que te advierte: “Si te das permiso de ser feliz… algo malo pasará.”
Y el carruaje se detiene.
Pero aquí está la verdad más liberadora que existe:
Tú no eres el caballo desbocado de tus emociones. No eres el carruaje que cruje con cada golpe del camino. Eres el cochero. Eres quien sostiene las riendas. Eres quien decide la dirección, la velocidad, el camino a tomar.
Y si en este momento sientes que alguien más dirige tu carruaje, que el miedo tomó el lugar que te pertenece, recuerda que las riendas siempre han estado en tus manos.
Siempre han sido tuyas.






Sanar el corazón, sanar ...
Posteado Feb 21, 2019